Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
Hoy nos reunimos para reflexionar sobre un tema poderoso y lleno de significado: derribando los muros. Este concepto no solo nos remite a una historia bíblica específica, sino que también nos invita a examinar nuestras propias vidas y las barreras que hemos permitido que se levanten entre nosotros y Dios, entre nosotros y nuestro prójimo, y hasta entre nosotros mismos y los propósitos que Dios tiene para nuestras vidas.
Introducción: Los Muros de Jericó
Comencemos con la conocida historia de los muros de Jericó. Este relato, que encontramos en el libro de Josué, capítulo 6, nos presenta al pueblo de Israel enfrentando un obstáculo aparentemente insuperable. Jericó era una ciudad fuertemente fortificada, rodeada por muros altos e impenetrables. Desde un punto de vista humano, era imposible que un grupo de personas, sin maquinaria de guerra avanzada, pudiera conquistarla.
Pero Dios tenía un plan. Dios dio instrucciones específicas a Josué, y éstas no incluían ataques directos, no hablaban de máquinas de guerra ni de una estrategia militar convencional. En cambio, Dios les pidió algo que a simple vista parecía irracional: marchar alrededor de la ciudad durante siete días, con los sacerdotes tocando las trompetas y llevando el arca del pacto. En el séptimo día, el pueblo debía dar siete vueltas alrededor de la ciudad y, al final, dar un fuerte grito. ¿Qué sucedió? Los muros cayeron.
La Naturaleza de los Muros en Nuestras Vidas
Los muros en nuestras vidas pueden tomar muchas formas. No son solo estructuras físicas, como las de Jericó, sino que también pueden ser muros emocionales, espirituales y psicológicos. Estos muros son barreras que impiden nuestro crecimiento, que nos separan del amor de Dios y del prójimo, y que nos mantienen en un estado de estancamiento o retroceso.
Muros del Pecado y la Culpa: El pecado erige muros en nuestra relación con Dios. La culpa y la vergüenza nos alejan de Su presencia, nos hacen sentir indignos y no amados. Nos encontramos como Adán y Eva, escondiéndonos en el jardín por miedo y vergüenza.
Muros de la Amargura y el Resentimiento: Las heridas no sanadas, los rencores que guardamos, los conflictos no resueltos, todos estos pueden construir muros altos y gruesos en nuestras relaciones con los demás. Estos muros nos impiden amar, perdonar y vivir en comunión.
Muros del Miedo y la Ansiedad: El miedo puede ser un muro que nos impide avanzar en la voluntad de Dios para nuestras vidas. Nos paraliza, nos hace dudar de nosotros mismos, de nuestras capacidades y, más gravemente, de la fidelidad y el poder de Dios.
Muros de la Tradición y la Religiosidad: A veces, los muros son construidos por nuestras propias manos, en forma de tradiciones religiosas o normas culturales que no reflejan el corazón de Dios. Estos muros pueden impedir que experimentemos una relación viva y auténtica con el Señor.
Derribando los Muros con Fe y Obediencia
La caída de los muros de Jericó no fue resultado de la fuerza humana, sino de la obediencia y la fe en Dios. El pueblo de Israel confió en una estrategia divina que, humanamente, no tenía sentido. Este es el primer principio que debemos entender: Dios nos llama a la obediencia, incluso cuando no entendemos el plan completo.
Obediencia Radical: El pueblo de Israel tuvo que confiar plenamente en Dios y seguir Sus instrucciones al pie de la letra. No intentaron modificar el plan, no sugirieron alternativas. Simplemente obedecieron. Esta obediencia radical es la que derriba muros en nuestras vidas. A veces, Dios nos pide hacer cosas que parecen ilógicas, que no entendemos en su totalidad. Pero la clave está en la obediencia.
Fe Inquebrantable: La fe es el motor que impulsa la obediencia. Hebreos 11:30 dice: “Por la fe cayeron los muros de Jericó después de ser rodeados por siete días”. Fue la fe del pueblo, una fe inquebrantable en el poder de Dios, la que hizo que los muros se derrumbaran. Esta misma fe es la que necesitamos para derribar los muros que enfrentamos hoy.
El Poder de la Alabanza y la Declaración: En el séptimo día, el pueblo de Israel dio un fuerte grito de alabanza, y los muros cayeron. Aquí vemos el poder de la alabanza y la declaración. Cuando enfrentamos muros en nuestras vidas, no debemos subestimar el poder de declarar la verdad de Dios y de alabarle en medio de nuestras circunstancias. La alabanza es un arma espiritual poderosa que desmorona fortalezas.
Identificando y Derribando Nuestros Muros
Para derribar los muros en nuestras vidas, primero debemos identificarlos. ¿Qué barreras se han levantado en tu vida que te impiden avanzar? ¿Qué muros están separándote del propósito que Dios tiene para ti? Hagamos un examen honesto:
Muros del Pasado: A veces, el pasado se convierte en un muro que nos detiene. Heridas no sanadas, fracasos anteriores, errores que cometimos… Todos estos pueden convertirse en gigantescas barreras. Pero la Palabra de Dios nos asegura que en Cristo somos nuevas criaturas; las cosas viejas pasaron, todas son hechas nuevas (2 Corintios 5:17).
Muros de la Falta de Perdón: ¿Hay personas a las que no has perdonado? El rencor y la falta de perdón son muros que pueden crecer sin que nos demos cuenta. Pero Jesús nos llama a perdonar, tal como Él nos ha perdonado (Mateo 6:14-15). Derribar estos muros requiere de un acto deliberado de perdón, que a menudo no es fácil, pero es liberador.
Muros de la Autojustificación: A veces, construimos muros para proteger nuestra propia imagen o para justificar nuestras acciones. Nos aferramos a nuestras ideas, a nuestra justicia propia, pero estos muros solo nos alejan de la humildad y la dependencia de Dios.
Muros del Orgullo y la Autosuficiencia: El orgullo es un muro que impide que recibamos la gracia de Dios. Santiago 4:6 dice: “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes”. Debemos derribar el muro del orgullo, reconociendo nuestra necesidad de Dios en todas las áreas de nuestra vida.
El Papel de la Comunidad en Derribar Muros
Es importante recordar que los muros de Jericó no cayeron porque una sola persona los rodeó. Fue el pueblo de Dios, unido, que siguió las instrucciones divinas. Esto nos enseña la importancia de la comunidad en el proceso de derribar los muros. No estamos llamados a hacerlo solos.
Oración Corporativa: La oración colectiva es poderosa. En Mateo 18:19-20, Jesús dijo: “Otra vez os digo, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidan, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.
Apoyo Mutuo: A veces necesitamos que otros nos ayuden a ver los muros que no podemos identificar por nosotros mismos. Necesitamos amigos, hermanos y líderes espirituales que nos ayuden a discernir y a orar por las áreas donde necesitamos ver a Dios obrar.
Caminando Juntos en Obediencia: Así como el pueblo de Israel marchó juntos, también nosotros debemos caminar juntos en obediencia a Dios. Al animarnos mutuamente a seguir el plan de Dios, aunque no lo entendamos por completo, fortalecemos nuestra fe y unidad como cuerpo de Cristo.
Conclusión
Al final, el derribo de los muros no es el fin, sino el comienzo de una nueva etapa. Después de que los muros de Jericó cayeron, Israel no solo tomó la ciudad, sino que fue el inicio de la conquista de la Tierra Prometida. Así también, cuando los muros en nuestras vidas son derribados, no debemos quedarnos en el lugar de la caída, sino avanzar hacia el nuevo territorio que Dios ha preparado para nosotros.
Recordemos siempre que el poder para derribar los muros no viene de nosotros, sino de Dios. Es Su gracia, Su poder y Su fidelidad los que nos dan la victoria. Nuestro papel es obedecer, confiar y alabar, sabiendo que Él es fiel para completar la buena obra que ha comenzado en nosotros.
Que Dios nos dé la sabiduría para identificar los muros en nuestras vidas, la fe para creer que Él puede derribarlos, y la valentía para caminar en obediencia, sabiendo que la victoria está asegurada en Cristo Jesús. Amén.



